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El árbol de los deseos Navideños

Cuento - Deseos en NavidadEstaba paseando por el Málaga Palacios, y no pude resistir acercarme al árbol de los deseos navideños. Hasta ahora nunca había dejado colgado mis deseos y decidí que este año sería el primero. Pequeños papelitos llenos de ilusión que se exponen a los ojos de los que quieran leerlos.
Pero ¿dónde estaban los papelitos para escribir? Rodeé el árbol buscándolos, y con cada vuelta que daba sin encontrarlos, me daba la impresión de que mi deseo, que aún no estaba ni pensado, se quedaría oculto para siempre.
En la tercera vuelta, fui fijándome con más detalle hasta que por fin, el destello de una lucecita que se encendía y apagaba me llevó hasta ellos. Lo cogí ansiosa y me sentí afortunada. Ahora solo tenía que escribirlo ¿pero, que podría poner? Tendría que ser solo un deseo, eso lo tenía claro. Lo primero que se me vino a la cabeza, creo que es algo que a muchos nos pasa, es: ‘que haya paz en el mundo’, pero luego pensé que la paz en el mundo por más que la deseaba nunca llegaba, aunque no dejaría de desearla. Mejor pediría algo como: ‘que me tocara la lotería’, pero pasaba lo mismo que con la navidad, que nunca llegaba a cumplirse y si se cumplía ¿el dinero, de verdad me haría más feliz?, en realidad no lo sabía y yo lo que deseaba era algo que me hiciera sentir bien. No, ese no sería mi deseo de navidad. Me quedé pensando un buen rato, incluso pensé en devolver el papelito, pero algo dentro de mí, me hacía insistir y decidí darle una última oportunidad inspirándome en los que ya estaban escritos: ‘que me toque la lotería para ir a ver a mis padres’ ; ‘que me compren un perrito’; ´que el amor de mi pareja sea eterno’; ‘que mi familia esté bien’; ‘que me compren un perrito’; ´ser mamá en el 2020’; ’que todos los niños tengan regalos en navidad’; ‘que me compren un perrito’, …Entonces, pensé que todos de alguna manera me valían, aunque en realidad era tan afortunada en la vida, que no necesitaba ninguno de ellos.Estaba a punto de ceder mi papel a la primera persona que se acercara al árbol, cuando de repente, un pequeño perro de color blanco se sentó al lado de mis pies, me miró y le dio un lengüetazo a mis botas. Me fijé en su cuello, pero no tenía collar y estaba bastante delgado. Entonces, lo tuve claro y escribí: ‘que ningún perro que se regale por Navidad sea abandonado’, lo colgué lo más alto que pude. Hacía tiempo que no me sentía tan bien, cogí al animalito y me fui con mi deseo navideño en los brazos.

Escrito por Lydia Tapiero
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